Aquella mañana hacía mucho frío y me debatía entre mis obligaciones y mis deseos. ¿Y si no iba a trabajar, si me quedaba durmiendo bajo las mantas soñando que trabajaba? ¿Y si por un día no tenía que verle la cara a mi jefe, si por un día podía soñar que, cuando me pidiera los informes de los últimos dos años, sacaría un arma muy violenta y le dispararía por lo menos cuarenta veces? Aquel hombre no tenía alma, así que tampoco debía de tener familia.
Pero al final me aburrí de pensar en mi jefe y en sus cosas malvadas y resolví que me levantaría de la cama. Porque había leído en algún sitio que a lo largo del día pensamos en miles de asuntos pero luego los desechamos y ya no existen y pasamos a otra cosa mariposa, y ahora lo intentaba aplicar. Igual lo había leído en Yahoo respuestas.
Mientras me dirigía al baño, pensé mucho en Yahoo. Pensé en qué querría decir Yahoo, descompuse Yahoo en sílabas y luego en letras (separando las vocales y las consonantes), me imaginé qué estarían haciendo en aquel mismo momento los creadores de Yahoo y me di cuenta de que aquello no me iba a llevar a ningún lado.
Ducharse recién levantado es uno de esos asuntos tan contradictorios de la vida. Durante los segundos que tardó el agua en calentarse, pensé en extensiones heladas, en los fiordos, en la parte más al norte de Alaska. Una vez empezó a templarse, el polo norte se derritió y pude ver algo de sol allá al fondo. Luego se puso hirviendo y me imaginé un plato de carne asándose en el horno. Encontré la temperatura adecuada y me dispuse a ducharme.
Había un pelo largo y rubio en una de las esquinas del plato de ducha. Me agaché y lo recogí, pensando en el aspecto ridículo que debía de tener, con el pelo pegado a la cabeza y los ojos aún entrecerrados. Como sin lugar a dudas era de ella, me puse muy triste. Cuando vino a llevarse a nuestro perro, el coche, la tele, uno de los sofás, varias fotos con sus marcos, diversos aparatos de cocina bastante útiles, el secador de pelo, las cortinas de bolitas que le daban a nuestro cuarto un toque muy indio/new wave, varias mantas y sábanas, toallas, alfombras de diversos tipos y colores, la mitad de la vajilla y la cubertería (?) y un paquete de queso en lonchas porque tenía hambre, le tenía que haber pedido que barriese y se llevase también sus restos orgánicos, sus pelos, sus uñas, su olor.
Y entonces me di cuenta de que eso de que pensamos en miles de cosas a lo largo del día y las vamos olvidando y pasamos a otras y luego no nos acordamos de lo que pensamos hace un rato es una tontería. Si pensamos en tantos miles de cosas, es para intentar no pensar, para intentar olvidarnos con el ruido, de una cosa particular y concreta, que nos hundiría el resto del día. Ella era una cosa bastante particular y concreta.
Aquel día ya no volví a pensar en Yahoo.
A raíz de esta técnicamente impecable película le viene a uno a la cabeza aquello de la estrecha relación entre Eros y Tánatos, entre sexo y muerte: el protagonista hipersexual de Shame no se acuesta con cientos de mujeres en vistas al futuro, a la vida, sino impelido por una enfermedad que le convierte casi en un muerto en vida. Fassbender, que últimamente parece copar el protagonismo de todas esas películas medio "artsy", de raíz europea, como la que nos ocupa (pensemos en el drama, también sexual, de Cronenberg, Un Método Peligroso) y algunas otras un poco más comerciales, borda el papel de un adicto al sexo al que la llegada de su hermana a casa le trastoca la vida. Recordando en momentos al maníaco Bale de American Psycho ( especialmente esa empresa tan aséptica que esconde ordenadores repletos de porno y ese jefe-colega tan odioso y falso), el protagonista decide tirar por el camino del sexo en vez de por el de la violencia. Su rutina sexual, en un principio posible sueño (húmedo) de muchos hombres, se nos muestra, eso, rutinaria: sólo la aparición de nuevas y especiales mujeres (su hermana, la misteriosa mujer del metro, la compañera de la empresa), que parecen querer significar algo más que un nuevo polvo, podrá cambiarla ligeramente.
Aunque al final todo parezca volver al principio; nos debatimos entre entender al protagonista (su adicción es, al fin y al cabo, una enfermedad incontrolable) y odiarlo, especialmente por ese BRUTAL tramo final en el que descarga todas las tensiones que había ido acumulando durante el resto del metraje, yendo a buscar el sexo a lugares tan insospechados como artificiosos: un trío que en una película puramente porno excitaría a casi todo el mundo, aquí se convierte en una especie de cruel cuadro clásico, enmarcado por encuadres muy cerrados y colores cálidos que parecen remitir al salvajismo y posterior culpabilidad del protagonista.
McQueen, proveniente de los circuitos del más reconocido videoarte y que ya colaboró con Fassbender en su Hunger (inédita en los cines españoles) convierte la acción en una serie de planos para enmarcar, junto con algunos travellings y planos secuencia arriesgados (como el que sigue al protagonista por las calles de Nueva York, posible heredero de la huida hacia ningún lado de Antoine Duanel); y hace muy interesante una historia en general bastante sencilla y poco rompedora (hay escenas de sexo, sí, pero ésto hace tiempo que se lleva tratando de forma medio normal), con una Carey Mulligan cada vez con más registros (muy recomendada en Drive y que en esta película interpreta una genial versión del "New York, New York" de Sinatra) pero cuyo personaje al final parece servir sólo de excusa para esa especie de trama de intento de redención que protagoniza Fassbender, para el cual el verdadero placer sexual hace tiempo que dejó de existir.
Y queda en el aire ese misterio que implicó al protagonista y a su hermana hace años, y que parece presentarse como el origen de todos los males que sufren durante la película ("No somos gente mala, venimos de un sitio malo" dice el personaje de Mulligan); la película parece querer decirnos que los adictos sexuales no nacen, sino que se hacen, y además durante la infancia. Cada uno que saque sus propias conclusiones.
"¡Una, Grande y Libre!» consiste en una simplificación nacionalista del concepto de España.
Normalmente el grito se utilizaba como respuesta coral de la multitud al
final de un discurso, en un juego efectista y rutinario que cerraba el
acto y permitiría la ulterior dispersión de la audiencia, hasta el punto
de que la entonación de los gritos era conocida como «los gritos de
ritual» —sin más— en las reseñas de prensa de la época y en los
documentos oficiales. Lo que puede compararse al diálogo de un
predicador carismático con la congregación que le responde «¡Amén!». El
dirigente terminaba gritando tres veces: «¡España!», y la audiencia le
respondía a cada uno de los tres gritos sucesivamente «¡Una!»,
«¡Grande!», «¡Libre!». Después el dirigente gritaba: «¡Arriba España!»,
respondiendo la audiencia: «¡Arriba!». Muy frecuentemente se recordaba
con otro grito a «¡José Antonio!», respondiéndose «¡Presente!», luego a
todos los «¡Caídos por Dios y por España!», respondiéndose también
«¡Presente!». También se solía añadir «¡Viva Franco!», a lo que la
audiencia respondía «¡Viva!», o bien, si el acto era lo suficientemente
exaltado, y estaba presente El Caudillo se repetía «¡Franco, Franco, Franco!», rítmicamente y sin fin."
Fue casualidad - me pregunto a todas horas -
Lo de tus ojos mirándome aquella noche oscura
Lo de aquella sonrisa que aún me dura
Lo de mis manos temblando y moviéndose solas.
Aunque debería ser casualidad - me sigo preguntando -
Lo de cuando pregunté a tus amigas
(Joder, fui tan brusco que las estaba asustando)
Lo de cuando pregunté a tus amigas tu nombre
Y me lo repetí a todas horas
Sinceramente ya dudo que fuera casualidad
Cuando en aquella fiesta oscura me puse a tu lado
Y bailamos
Y bailamos
Y salí a la calle con una sonrisa, salí al aire helado
Y respiré el aroma nocturno medio atontado
Y no me cabe duda de que no fue casualidad
Lo de cuando preguntaste a mis amigos
(Que, normalmente, no son muy listos, de verdad)
Lo de cuando preguntaste a mis amigos mi número de móvil
Y me llamaste para quedar, a deshoras
Lo que tuvo que ser casualidad - me pregunto en el hospital -
Es lo de nosotros cruzando en rojo
Lo del camionero que sólo te vio de reojo
Lo de tú en el suelo, como un animal.
No es, pues, casualidad - me digo, delante de tu tumba -
Que hoy te escriba un poema
Esos árboles que hay en todos los cementerios
Me observan mientras acabo esta última estrofa
En esto que eran dos amigos desde la guardería. Quién sabe, igual si se hubiesen conocido luego se odiarían, pero hay algo que empuja a la gente que ha compartido ceras Manley y plastelina roja a seguir unidos durante mucho tiempo.
El caso es que quedaron una tarde para tomar una cerveza y ponerse al día, aunque acabaron hablando (como todos haremos a partir de cierta edad) de lo divertido que era todo antes, los buenos tiempos que ya no volverán y las mujeres a las que quisieron y acabaron marchándose. Uno de los dos amigos, agente de bolsa, estaba casado y con dos hijos, y su vida era de todo menos emocionante. Suelos de parquet, una cuna de Ikea, desayunos con café a las siete de la mañana. El otro vivía sólo, en un bloque de apartamentos como cualquier otro, y se ganaba el sueldo a base de escribir esquelas para un periódico local. Era, como poco, adusto: se podía decir, sólo mirándole un momento, que no era alguien propenso a la risa.
Se despidieron, con la promesa de volver a verse dos semanas más tarde. No era difícil averiguar a cuál de los dos había tratado mejor la vida.
Pasaron dos semanas y volvieron a quedar para tomar cervezas. Fue la primera vez que el agente de bolsa se dio cuenta de que a su amigo la ropa le sentaba raro. Como si hubiese encogido. La conversación trivial acabó haciéndole olvidar esto. Hablaron de cosas alegres durante unos minutos, y su amigo viró bruscamente hacia cosas bastante menos alegres, que parecían concordar con su estado de ánimo general y el aspecto de su ropa.
Dos semanas más tarde, ya era evidente que al escritor de esquelas le pasaba algo: sus prendas habían tomado colores extraños, definitivamente le venían pequeñas e incluso parecían algo gastadas, como viejas. En esta ocasión, no sonrió ni una sola vez durante las dos horas que estuvieron juntos. El otro amigo empezó a preocuparse de verdad, pero no le mencionó nada.
Volvieron a verse una vez mas. En esta ocasión, el maltrato que sufría la ropa de su amigo obligó al otro a preguntarle. El escritor se puso muy nervioso, se incorporó rápidamente y dijo que tenía que irse. El agente de bolsa volvió a su coche, pero no arrancó.
"¿En qué coño estará metido éste?" se preguntó unas cincuenta veces. Temía responder a la pregunta, ya que las opciones eran cada una peor que la anterior: "igual se mete algo, ha tenido que vender su ropa y lleva cosas de segunda mano", "a lo mejor se ha quedado en la calle, no puede lavarla como dios manda y va mendigando algún tipo de jabón" "joder, ¿y si la lava con jabón de manos, o con gel, o... con champú?" "Es evidente que mi amigo no está bien, su ropa está desteñida y en mal estado, eso no es propio de alguien normal". El agente de bolsa tenía buen ojo para las finanzas, pero los años de matrimonio le habían convertido en un paranoico en cuanto a asuntos de índole criminal. Decidió, casi temblando, ponerse a vigilar a su colega.
Sólo tuvo que hacerlo una vez.
A la mañana siguiente, se plantó con su coche delante del patio del escritor de esquelas. "Estará deprimido, ese trabajo desde luego no debe ser alegre, se le está pasando el arroz, quién sabe..." A eso de las once, su amigo salió del portal y entró en una lavandería cercana. A través del ventanal, el agente de bolsa veía todos sus movimientos. Llevaba un capazo lleno de ropa, que dejó en el suelo, junto a una lavadora. Introdujo las monedas, la ropa, el detergente (!detergente!) y puso el aparato en marcha. Su amigo estaba confuso: ¿y las drogas, y la pobreza, y los lavados de ropa en el río a medianoche? Todo parecía normal, tenía que ser un problema de las máquinas de aquella lavandería. Entonces su amigo se acercó al mostrador. Había allí una chica, encargada de vigilar las máquinas. Se puso a hablar con ella. Habló con ella, habló con ella, siguió hablando. El agente de bolsa intentaba leerle los labios, pero ya no era un adolescente y la vista le fallaba.
Y entonces el escritor de esquelas sonrió. No sólo sonrió, sino que empezó a reírse a carcajadas. La chica se reía con él. Los dos se reían y cuando por fin dejaron de reírse se miraron durante unos segundos eternos. Se sonreían el uno al otro.
La lavadora acabó su programa, el tipo recogió su ropa y se despidió de la chica. Seguía sonriendo.
El agente de bolsa arrancó. Iba, valga la redundancia, sonriendo. Todo el mundo sabe que cuando la ropa se mete en una lavadora todos los días, acaba estropeándose.
Vas por la calle (o vienes por la calle, es igual), absorto en tus pensamientos, pensando en la mona de pascua, en babia, qué se yo. El caso es que vas mirando hacia el infinito, y de repente, pasa un grupo de gente. Tu ángulo de visión se llena de caras, de expresiones, de sonrisas. Y ahí está. Una sonrisa falsa. Ese chico debe de tener algún problema con el resto del grupo, o quizás se ha peleado con su novia, o su amigo de repente le ha robado a la chica que le gustaba, o se le ha muerto un familiar... Todos contentos y felices, diciéndose cosas bonitas, y él ahí, con su sonrisa falsa.
Todos podemos identificar rápidamente una sonrisa falsa. Hay gente que no sabe sonreír de otra forma: generalmente, personas despechadas, tristes, que no encuentran el ánimo suficiente para sonreír de verdad. Igual que podemos comprarnos un Ipod megaluxe o ir a los chinos y elegir el primer mp4 made in Thailand que encontremos, la diferencia entre una sonrisa y otra es evidente. La sonrisa falsa es artificial, engañosa, esconde algo que jamás sabremos, convierte al que la esgrime en un cínico profesional, buscar engañar al resto de la humanidad.
No es lo mismo que tu novia te diga "te querré siempre" mientras sonríe con toda su bonita dentadura y deslumbra a algún pájaro que pase por allí encima, provocando un accidente aéreo, que que tu novia te diga "te querré siempre" mientras oculta sus dientes, levanta un poco la comisura de los labios y pasa a ocuparse de otra cosa pocos segundos más tarde. Este ejemplo práctico ilustra claramente la diferencia entre una sonrisa y otra.
¿Estás triste? ¿Crees que los seres humanos no valen la pena? ¿Intentas disimular que necesitas ir al baño urgentemente? La sonrisa falsa es tu patrimonio, úsala con todo derecho, recorta un trozo de tela gigante, dibuja una sonrisa falsa en él y conviértelo en una pancarta, para poder ir por las calles de tu ciudad reclamando el derecho y el orgullo de sonreír falsamente.
Sin embargo, ¿y si no te pasa nada de eso? Y si simplemente te estás riendo de alguien, si eres cruel y malvado, si querrías llamarle tonto del culo pero no te atreves... ¿y entonces sonríes falsamente también? No, amigo, entonces mejor sé sincero. Una cosa es una sonrisa falsa como escudo, otra muy distinta es una sonrisa falsa como espada. No seas tan cínico, porque si el agraviado se da cuenta de que te estás riendo de él, entonces...
El coche se detuvo a la salida del camino de la finca, la nieve acumulada durante la noche lo impedía avanzar. Lucas salió a la fría mañana de diciembre, armado con una pala medio oxidada (las cosas oxidadas sólo están prohibidas cuando tienes hijos ya que la gente adulta JAMÁS es tan tonta como para acercarse a ellas). La música de la radio estableció su reino de ecos en la planicie nevada durante unos segundos, y fue sustituida por el sonido ventoso de la tormenta que se estaba preparando. No nevaba, sólo caía una fina llovizna helada.
Lucas empezó a apartar la nieve inexpresivamente, arrodillándose y mojándose los vaqueros. Empezó a cavar frenéticamente, como vengándose de aquel montón blanco y frío. Cuando estuvo satisfecho, volvió al coche y subió la calefacción al máximo. Sacó una botella de whisky nefasto y empezó a echarle tragos. Ruidos mecánicos le acompañaron mientras volvía a arrancar y se iba para siempre de aquella casa vacía en medio del campo, acunada por el viento helado.
Él mismo la había dejado así, cuando decidió vender todos sus muebles. Una vez había vivido, más feliz que triste, en aquella casa. Pero su mujer ya no estaba y los armarios, las sillas, la mesa de madera oscura del comedor, parecían venírsele encima con cada tormenta. Los objetos que había compartido con ella mientras estuvo viva se habían adueñado de la casa, sus espíritus mas fuertes que la pobre alma a trozos de Lucas, y decidió deshacerse de todos ellos. Luego, claro estaba, vendería también la casa y se marcharía sin mirar atrás.
Cuando unas horas antes de marcharse bajó al salón comunitario del viejo pueblo, construido en madera antigua y barnizado con las vidas de generaciones de familias que habían vivido los inviernos infinitos que aquel perdido rincón de la Tierra proporcionaba, sus muebles ya ocupaban casi todo. Y eso que aún faltaba sacar algunas sillas del almacén. Pero a nadie le importaba que Lucas ocupase el salón comunitario con la venta de sus muebles: pobre hombre, si quería deshacerse de sus recuerdos lo menos que podían hacer era ayudarle.
La venta fue bien, los vecinos de la pequeña comunidad fueron apareciendo y mirando las etiquetas con los precios. Todos, desde los amigos íntimos hasta aquellas señoras con las que Lucas sólo había coincidido en la panadería, se fueron acercando a él para saludarle. Temía que a alguno se le escapara un "Te acompaño en el sentimiento", aunque el ambiente del salón ya fuese de entierro. Lucas sentía la compasión hiriente de toda aquella gente, que se iba a gastar sus pocos ahorros en unos muebles que ni siquiera necesitaban sólo para que él no tuviese que verlos nunca más.
Los semblantes eran serios, los movimientos medidos, las opiniones sobre los armarios y escritorios siempre positivas: todos estaban de acuerdo en que Lucas estaba totalmente indefenso después de la muerte de su mujer embarazada, convenía tratarle como a un niño pequeño o a un anciano enfermo. Sin embargo, él estaba harto de que lo tratasen como si hubiese muerto también, eligiendo cuidadosamente las palabras. Echaba de menos el bar, las cañas de cerveza caliente mientras alguno de los leñadores contaba un chiste picante. "Lucas ahora no está para estas cosas, sería un insulto a la memoria de su mujer que se viniese al bar con nosotros" Y nunca le invitaban. Ni a eso, ni a otras muchas cosas. Lo habían convertido en un espectro, sin darse cuenta. Mientras Sara estuvo viva, las maneras tradicionales y puritanas de las gentes del pueblo le habían procurado más de una risa, pero ahora se volvían contra él: nadie se atrevía a visitarle para hablar del tema, nadie le había preguntado directamente qué pasó la noche que murió su esposa. Y quizás hablar de ello con alguien, en vez de culparse a sí mismo por los siglos de los siglos y amén, le hubiese ayudado. Quería marcharse cuanto antes de allí.
Al final de la mañana, sólo quedaban dos sillas. En una de ellas ponía "Sara tía buena". Lucas se acordó de cuando lo grabó con un tenedor. Le dieron cuatrocientos euros, lentamente y sonriendo: no fuera a ser que se echase a llorar. Se marchó del pueblo y se fue caminando hasta la casa.
El coche avanzaba por la carretera gris, entre planicies nevadas.La botella de whisky estaba casi vacía. En dos horas estaría más o menos otra vez en el mundo. En la radio sonaba alguna canción country triste, como si el tipo de la emisora supiera por lo que estaba pasando Lucas y quisiera sumarse a la fiesta. Odelei, odelei, parecía repetir constantemente el altavoz. La guitarra iba por variaciones cada vez más complicadas. La música acabó confundiéndose en una especie de remolino sonoro, ya no se sabía lo que sonaba. Lucas bajó la ventanilla y gritó Odelei, odelei, a los campos nevados. Hacía cinco meses que no gritaba, si exceptuaba los alaridos que pegaba mientras dormía.
Dos años antes, él y Sara se habían mudado a la gran casa en medio de la escarcha. Él buscaba inspiración para escribir, una especie de ambiente místico y tranquilo en el que los animales se le acercasen y se dejasen acariciar. Sara le iba buscando a él, y al final le encontró.
Recién casados, casi huyendo de sus familias, los días en la casa eran claros y cortos, luz y oscuridad una detrás de la otra. Mientras ella trabajaba en la carnicería del pueblo (era una mujer de ciudad, pero no le importaba hacer esas cosas porque le parecían exóticas) él escribía sus relatos apestosos y sus poemas refritos. Al menos eso opinaba Lucas, aunque no le pagasen nada mal. A todo el mundo parecían gustarle menos a él, que nunca planeaba los versos ni pensaba en los desenlaces. Era, al fin y al cabo, una existencia bastante idílica. Decidieron tener un hijo: se querían más que la mayoría de la gente y se creían capaces de soportarse el uno al otro durante muchos, muchos años. Aunque nunca tenían rituales románticos ni se preparaban cenas sorpresa el uno al otro, habrían dado tanto por que aquello se alargase hasta el infinito...
La versión oficial, cotilleada a lo largo y ancho del pueblo, decía que "la noche aquella que nevaba tanto, tanto, te acuerdas, pues Sara salió un momento afuera, sí, como te lo digo, en medio de la nieve, pero ya sabes que era una mujer así muy particular, y se conoce que la pilló la nevada y acabó cayéndose por un terraplén... bueno, no sé como decírtelo de otra forma, fue así, su marido la encontró al día siguiente después de toda la noche dando vueltas bajo la nieve. Pobre hombre, eh..."
Sara odiaba las multitudes y amaba la soledad, los bosques oscuros, los atardeceres tristes en los que no hay nada bonito que apreciar. Todo aquello apoyó la versión oficial de su muerte. Nadie en el pueblo sabía que, el mismo día de su muerte, Lucas se había encontrado un perro cerca del camino, mientras volvía del bar a casa. A Sara le encantó y se pasó la cena pensando en un nombre. Empezó a nevar muchísimo. El perro se escapó cuando Lucas fue al cobertizo a por la lámpara de gas. Sara le dejó una nota. "Me voy a buscar al perro que no lo encuentro, ya casi tengo su nombre. Besitos. PD: Recoge tú la mesa, anda".
Lucas recogió la mesa aquella noche, la siguiente, la otra, la otra, la otra... Nunca más volvió a ver al perro. Nunca más volvió a hablar con Sara.
Pues con la nieve se quedarían aquellos recuerdos. Lucas aceleró, ciento veinte, ciento cuarenta, al límite que le permitía aquel coche desvencijado. Qué más daba, nadie usaba esa carretera en el sentido de la ida, la gente prefería huir de allí. Él y Sara eran los únicos visitantes que se habían quedado en el pueblo a vivir. Iba haciendo eses, veía borroso. Se acabó el whisky de supermercado y lo lanzó por la ventana. Odelei, odelei, gritaba, aunque hacía un buen rato que en la radio sonaba alguna cosa pop comercial. Lucas no sabía inglés, así que empezó a gritar las letras en un idioma inventado. Quién sabe qué le pasaba por la cabeza. Aunque no hay duda de lo que le pasaba en el corazón. De repente, se paró. El frenazo lo lanzó hacia adelante. Miraba la carretera. Bajó la otra ventanilla, bajó las ventanillas traseras. Entonces aceleró como nunca había acelerado. Empezó a nevar.
En aquella cabina puntuada de copos de nieve recién caídos, avanzando por la extensión blanca, Lucas decidió salirse de la carretera. Le perseguían, intentando meter los brazos por las ventanillas, Sara, el perro, sus muebles. Querían devolverle sus sillas, su cómoda, su percha, ¿qué derecho tenía él para pensar que escapando de la casa se le iba a pasar el dolor? Una silla pasó volando por encima de su cabeza. Los copos de nieve se reían de él, subían y bajaban y se le pegaban a las manos y entonces no podía moverlas y tampoco girar, así que avanzaba en línea recta mientras iba pegando alaridos. Antes de coger el coche aquella mañana, al volver de la subasta, se sentó en su comedor vacío, y pensó en el futuro que le esperaba: si volvía al mundo real, jamás volvería a encontrar a ninguna mujer como Sara. O igual sí. Pero tenía que volver, tenía que superar las dos horas de carretera solitaria. La otra opción era quedarse a medias.
Lucas dejó ir el coche, soltando el volante y acelerando tanto que le hacía daño la planta del pie. Se percató de que iba directamente hacia un río helado. Anochecía, y al otro lado del agua, allá a lo lejos, se veían las luces de una ciudad nocturna. Lucas resolvió que tenía que haber dado la vuelta (?) y volvía a dirigirse hacia el pueblo. "Yo ahí no vuelvo", y el coche se precipitó hacia el río. El hielo se rompió y la máquina empezó a hundirse en el agua congelada. En la radio sonaba una canción aleatoria. Se había quedado a medias.
Mientras el maletero desaparecía bajo el agua, Lucas acertó a ver a Sara, en el margen del río, acariciando al perro. Le sonreía. Lucas le sonrió y entonces el coche acabó de hundirse y Lucas se ahogó y se murió. Era Nochebuena.