domingo, 23 de octubre de 2011

Soledad

El hombre de familia humilde que se casa con una joven de familia rica (que, seamos sinceros, además de rica está buena) se siente la persona más feliz del mundo, mientras se toma algún tipo de combinado bajo el sol, en su piscina privada, y se acuerda de cuando se levantaba pronto para ir a trabajar. También se siente feliz porque tiene seis o siete criados a su servicio, que le arreglan la casa, y una mujer muy servicial que se encarga de organizarlos a todos y de darle amor y dinero todos los días (pero el amor es más importante que el dinero, que quede claro). Hasta que la mujer se muere.
El hombre se siente ahora confuso: antes tenía dinero y gente que le hacía todo lo que quería; ahora tiene sólo dinero. Sus criados ya no le satisfacen: no le conocen, no saben cómo le gustan a él las cosas. Su mujer era la que se encargaba de pedirles qué cena hacer, a qué temperatura poner la calefacción y de qué hora a qué hora no debían ser molestados. Se queja de ellos frecuentemente.
La casa le parece un mausoleo: los criados le miran taciturnos, serios, parecen hasta más pálidos; su amo los rechaza y se encierra en el antiguo dormitorio. Intenta, sin éxito, transmitirles sus gustos y preferencias: el cocinero usará siempre alguna hierba a la que es alérgico y que se le pasó, la encargada de la ropa usará demasiada lejía, o un detergente cuyo olor odia el dueño de la casa, las limpiadoras limpiarán cosas que es mejor no sacar a la luz.
El hombre les grita y les va ofreciendo cada vez más dinero: cree que si los hace millonarios a todos, trabajarán mejor. Los hace millonarios a todos, pero no trabajan mejor: no porque no quieran, sino porque su amo cambia cada día de opinión, es arbitrario y se pasa el día frustrado.
Se difunde el rumor de que el joven rico no es nada sin su difunta esposa. Aunque es cierto, el dueño de la casa se niega a ello, sigue culpando a los criados, y cierta noche se levanta y destroza la cocina. Los cocineros son los primeros en irse.
A partir de aquí, el hombre consigue que se marchen, en este orden: las limpiadoras, el jardinero, el chófer, el encargado de los animales, un señor que limpia las ventanas cada cuatro días, el que trae el periódico, el lechero y un médico muy simpático que les daba consejos.
Una mañana se levanta y se da cuenta de lo vacía que se ha quedado su casa. Ya no se puede quejar de nadie. Al pasar por delante de un espejo, se da cuenta de que aún hay alguien de quien poder quejarse: de sí mismo. Pero uno acabaría volviéndose loco si tuviera que estar quejándose de sí mismo el resto de su vida, así que se tira por un balcón para no tener que quejarse de nadie nunca más.

No hay comentarios:

Publicar un comentario