Había uno al que le gustaba mucho una chica, pero se decía a sí mismo
que no tenía oportunidades con ella y salía de marcha a buscar a otras
más asequibles. Un día fue a la barra a pedir lo que a tí más te guste y
cuando iba a pagar se le cayó una moneda al suelo; a su lado estaba la
chica que tanto le gustaba, que cogió la moneda y le dijo que le conocía
del colegio. El tipo dijo que era cierto, condenándose (esto lo sabía
ya en aquel momento) a no poder volver a mirar nunca más a ninguna mujer
que no fuera ella. Le sirvieron la copa y luego fueron a casa de él,
donde hicieron cosas inmaduras. Luego hicieron cosas maduras y unos años
más tarde se casaron.
No tuvieron hijos porque ella era muy guapa para su edad y a el le
parecía que eso la estropearía. A la mujer esto no le hacía mucha
gracia, pero se conservó más años.
El hombre empezó a obsesionarse con el aspecto de su mujer y le compraba
los mejores vestidos y las mejores joyas, a lo que ella respondía
frustrándose y encerrándose en su cuarto. A él se le ocurrió hacer una
estatua de su mujer para mantener su belleza por los siglos de los
siglos y amén. Pero el resultado final no era perfecto y el hombre
rompió la estatua y esa misma noche cubrió a su mujer de yeso para
conseguir lo que buscaba.
Como es normal, la mujer se ahogó y se murió.
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